Después de unos cuantos meses de muy buen tiempo, con sol y calor en nuestra ciduad, parece que el otoño ya ha llegado para quedarse y con él la lluvia y el frío.

Y es que nos guste o no, en nuestra ciudad llueve mucho y llueve como quiere, que para algo es de Bilbao. «De arriba a abajo y de un lado a otro. Y, a veces, de abajo arriba. Lo que se dice poderosa. Y también misteriosa. Que el suyo no es un caer, sino un estar.» Que dice Jon Uriarte.
Pero no vamos a quejarnos, porque es esta lluvia la que hace que nuestras calles estén tan limpias, que nuestros montes sean verdes y que algunos de nuestros diseños más representativos sean como son. Como, por ejemplo, nuestra querida baldosa de Bilbao.

Para quien no tenga el gusto de conocerla, os contaré que esta baldosa es muy peculiar y femenina. No es muy grande, 15x15cm, ni muy pesada, tan sólo 200 gramos. Es bella, ya que su rostro es simétrico y tiene aspecto de flor. Pero no os dejéis engañar por su aparente delicadeza, porque en realidad esconde un cuerpo fuerte, formado por mortero de cemento, mezclado con virutas de hierro.
Pero, sin duda, su mayor virtud es que gracias a esos relieves en forma de flor, se crean unos surcos por los cuales el agua se encauza, saliendo por sus ocho canales que desaguan la lluvia, evitando así resbalones.

Además, también está la versión roja, de mayor tamaño y con relieves adicionales, que es la que se coloca junto a los pasos de cebra y demás zonas especiales a señalizar.

“… y ella se ríe, como sólo sabe reírse una baldosa. Así es ella. Cemento gris, virutas de hierro y sentido del humor. Porque la baldosa de Bilbao, se pisa. Como todas. Pero a veces, la puñetera, se rebela y te moja.” (De Bilbao de toda la vida. Tomás Ondarra y Jon Uriarte.)
Imágenes © Begoña Lumbreras